viernes, 7 de marzo de 2014

Oyen pero no escuchan




- ¿Qué distinción tú también das entre escuchar y oír que tan bien distingues?
- Que el oír es oír no mas, y el escuchar, atender.
(Calderón de la Barca, El valle de la Zarzuela, 1716)

Para un hablante nativo de latín la diferencia entre audio (audire) y ausculto (auscultare) era aceptablemente precisa. El primero indicaba cualquier acto de percibir por el oído sonidos o palabras mientras que el segundo estaba más cerca de “permanecer atento”, “creer” y “obedecer”, incluso sin que mediara sonido alguno.

Con este ánimo pasaron los dos vocablos al castellano como “oír” y “escuchar” respectivamente. Sin embargo, como quiera que “oír” podía emplearse con ambos sentidos, no tardó mucho “escuchar” en invadir también los usos propios del anterior, asumiendo los hablantes que ambos términos podían ser perfectamente equivalentes o sinónimos.



«… en verdad que no he dormido escuchando el gran ruido que tu majestad hazia». (1540, Micael de Carvajal)
«Tomaron la senda de la fuente, y desviados adonde apenas los ecos se escuchaban, rogaron a Leonisa que cantase». (Lope de Vega)
«…luego escucharon la corneta que llamaba al almuerzo». (Vargas Llosa)

«Y así leemos que estando el apóstol san Pedro predicando, cayó el Espíritu Santo sobre todos aquellos que le oían». (Fray Luis de Granada)
«...aunque ya sabían la locura de don Quijote y el género della, siempre que la oían se admiraban de nuevo». (Miguel de Cervantes)
«La misa empezó al fin, y padre e hija la oyeron con suma devoción y recogimiento». (Pérez Galdós)

Pese a lo cual, reiteradamente se advierte de palabra y por escrito, especialmente en los contextos lingüistas, de que “escuchar” incorpora necesariamente un matiz de voluntad y atención, mientras que “oír” sería el acto involuntario y natural de percibir por el oído.

Aceptar esto sin más implica algunas paradojas: que tendríamos que incluir en el saco de los pleonasmos las expresiones del tipo “escuchar atentamente” y en el de las incongruencias aquellas como “creer escuchar” o “escuchar distraídamente”:
«…la voz que usted creyó escuchar en el cuarto de Elena…» (Pérez Galdós)
«Cuando levantaron el cuerpo de la Quinancha para darle sepultura creyeron escuchar en medio de la noche caliente y estrellada su grito desgarrador». (Miguel Ángel Asturias)

Hay otras diferencias con las que el idioma ha ido discriminando asimétricamente ambos verbos. “Oír”, o al menos su étimo latino, ha sido pródigo en derivados y asimilados: oyente, audio, auditorio, audiencia, auditor (por cierto, hubo una figura legal llamada “oidor”), audiometría, audífono…, además de locuciones como “de oídas”, “prestar oído”, “hacer oídos sordos”, “ser duro de oído”, etcétera; mientras que “escuchar” apenas ha generado familia más allá de la sustantivación de “escucha” o el tecnicismo “radioescucha” (ya es famosa en España la voz “escuchante” instaurada en un secular programa de Radio Nacional de España; habría que recordar que ya existía en castellano aunque su uso era anecdótico).  “Escuchar”, por su parte, puede tener uso intransitivo, es decir: que se puede escuchar sin más (aplicar el oído, DRAE), mientras que “oir” es, en todas las definiciones del DRAE, verbo transitivo, luego es gramaticalmente mandatorio oir “algo”.

En estos años parece detectarse un avance inusitado de “escuchar” frente a “oír”, una tendencia que es bastante fuerte hoy en regiones de Hispanoamérica y que algunos autores relacionan con un desprestigio del verbo “oír” por su brevedad silábica.

Parte de la cuestión es ¿quién puede decidir lo que una palabra ha de significar? Es decir: que si desde las altas instancias del idioma machaconamente se pontifica cuándo y cómo debe emplearse “escuchar”, pero esta doctrina se contradice con el empleo que tozudamente le dan quienes usan el idioma a diario, ¿quién tiene la razón?

Nadie. Porque no es una cuestión de tener razón.

Por un lado, parece interesante mantener para “escuchar” un sentido de atención activa, pues es un valor de enriquecimiento del idioma y nos permite construir expresiones como “oyen pero no escuchan” o “escucharon en silencio pero no oyeron nada”.

Pero, por el otro lado, insisto en que la alternancia semántica en ambos sentidos entre estos verbos no es un fenómeno nuevo ni limitado a un registro popular o diasistema concreto. Y tampoco se evidencia riesgo de anfibología, ambigüedad o imprecisión, ya que normalmente el contexto perfila bien el sentido que se le quiere dar a cualquiera de los dos.

Por lo que tengo que concluir que la reiterada “denuncia” de un presunto uso incorrecto parece más un enrocamiento purista que una observación precisa de cómo se emplea realmente en la calle uno y otro término.



Más de lo mismo:
Oír/escuchar en Minucias del lenguaje (José G. Moreno de Alba)
¿Oyes o escuchas? en  La lavadora de textos (Ramón Alemán)

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