martes, 2 de septiembre de 2014

El último sólo

Fuente: Google Books
Si no me falla la documentación, fue en 1844 cuando la Real Academia Española publicó en el Prontuario de ortografía de la lengua castellana la siguiente recomendación:
«Solo, como adverbio, deberá acentuarse cuando, de no hacerlo, se pueda confundir con el adjetivo».

La misma formaba parte de un exagerado conjunto de aplicación diacrítica de la tilde, bajo el criterio explícito de que «se acentuarán todas las palabras en que la falta de este signo produzca ambigüedad en la significación de ellas». Esto incluía “sábia”, “pára”, “sóbre”, “éntre”, “luégo”,…

La mayor parte de ellas fueron “reconsideradas” y abolidas en posteriores ediciones de la ortografía normativa emanada de la RAE. Sin embargo, por alguna extraña razón, persistió para diferenciar al “solo” adverbio del “solo” adjetivo. (Esa y la de los demostrativos “este”, “ese”, “aquel” y variantes; es la misma guerra, la misma causa, pero hoy la personificaré en el par “solo-adverbio/solo-adjetivo).



Ha de tenerse en cuenta que nunca fue estrictamente obligatorio marcar esta distinción; siempre se mantuvo desde la institución académica solo como recomendación ante una posible confusión entre ambos usos (nótese la cláusula “cuando, de no hacerlo…”).  Esta discrecionalidad llega, en la edición de 1999, a depender de que «quien escribe perciba riesgo de ambigüedad».

Vana condición, pues prácticamente la totalidad de quienes escribían optaban por la forma tildada en el uso adverbial. Generalmente, todo hay que decirlo, tan solo porque durante su educación escolar habían recibido instrucciones de hacerlo así, no sé si porque los maestros no se fiaban de la capacidad del alumnado para percibir anfibologías.

No fue sino hasta 2010, última edición hasta hoy de la Ortografía de la lengua española, donde se invierte el criterio y se enuncia que para «el adverbio solo y los pronombres demostrativos, a partir de ahora se podrá prescindir de la tilde en estas formas incluso en casos de doble interpretación».

Se podrá prescindir”, es decir: que tampoco aquí hay precepto sino que sigue siendo potestativo a juicio o costumbre del escribiente.

El caso es que, transcurridos casi cuatro años de este cambio de posicionamiento, son aún mayoría los que emplean esa innecesaria tilde, muchos de los cuales, me temo, la creen imprescindible. Pero no solo no lo es, sino que incluso puede considerarse superflua o extravagante.

El empleo de la tilde en español es, ante todo, un elemento de marcado fonético, señalando una sílaba de pronunciación tónica, más fuerte y prolongada que el resto denominadas átonas. En el caso de su empleo distintivo o diacrítico puede solo justificarse para dos palabras que resultarían homógrafas pero no homófonas; es decir: que (de no llevar tilde) se escribirían igual aunque se pronuncien con distinta entonación.

Esto es válido, por ejemplo, para los casos de pares monosilábicos con funciones gramaticales distintas y distinto tono prosódico: (afirmación), (verbo), más (adverbio),…  frente a si (condicional), de (preposición), mas (conjunción). Pero, ojo, no se usa cuando no hay diferencia en el tono de pronunciación: la (pronombre o artículo),  tal (adjetivo o adverbio), son (sustantivo –canción- o verbo), bien (sustantivo o adverbio), etcétera.

Se justifica, también –y con matices-, en los casos de pronombres y adverbios con valor interrogativo o exclamativo (qué, quién, cuál, cuándo, dónde…), también por la característica tónica de estos elementos (y aun así, no siempre).

Pero en el caso de “solo”, sea cual sea su tarea en la oración, se pronuncia siempre igual, no hay una variante tónica y otra átona. Eso tiene su lógica: ¡es la misma palabra!, solo cambia su función. Estaríamos entonces empleando un marcado con intención equívoca y sin correspondencia real con el lenguaje hablado.

Uso que, además, se circunscribe a una sola palabra que tuvo el desafortunado destino de que algún académico decimonónico se fijara en ella para estigmatizarla de esta forma; pero son legión los vocablos que alternan su significado como adjetivo o adverbio: fuerte, alto, duro, poco, mucho, tanto, claro, pronto, lento,…  y con ninguno de ellos se ha planteado marcarlos a hierro según la función gramatical que desempeñen en cada momento.

No hay, pues, imposición normativa (nunca la hubo, pero ahora además queda explícito) ni justificación fonética o gramática; solo una inconsistente e improbable imputación de ambigüedad que, en el más desfavorable de los casos, tendría fácil solución en la escritura, sea anteponiendo el adverbio (el adjetivo va siempre pospuesto) o sustituyéndolo por “solamente”, y acompañando de pronombre al adjetivo (yo/tú/él solo), aislándolo entre comas o sustituyéndolo por “a solas”, entre otras opciones. Veamos el ejemplo más trillado: Estaré solo unos días.
  • Como adverbio: Solo estaré unos días, estaré solamente unos días.
  • Como adjetivo: Estaré yo solo unos días; estaré unos días a solas; estaré, solo, unos días.
Como última razón para los que mantienen esa tilde anómala solo quedan la costumbre y el automatismo. Y no sería un argumento vano, ya que el uso acostumbrado es uno de los referentes para establecer la ortografía. Apelemos, sin embargo, a los profesionales de la palabra escrita: periodistas, literatos, traductores, correctores, editores,… que deberían ser los paladines de una bien fundada simplificación ortográfica; y, por supuesto, a los docentes, responsables de que el dislate que les transmitieron sus maestros no trascienda a más generaciones. Entonces será solo cuestión de dejar que vayan abandonando este valle de lágrimas los que se aferran a esas falsas tildes diacríticas para que podamos asistir, aliviados y alborozados, a la extinción del último “sólo”.


Y hay más:
Jot Down:  ¿Quién va ganando en lo de la tilde de solo?
'Solo' y 'este' se resisten a perder la tilde
Pedro de los Ángeles: ¿Solo o sólo? ¿La Real Academia Española o la Academia Mexicana de la Lengua?
RAE: El adverbio solo y los pronombres demostrativos, sin tilde.

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