miércoles, 5 de noviembre de 2014

El Diccionario incorrecto

Fuente: www.rae.es
Así que ya sabrá usted, amigo lector, que tenemos nuevo Diccionario. Nótese la mayúscula indicativa de nombre propio o antonomasia; pues, por una convención no del todo explícita, “el Diccionario” en español no es otro que el Diccionario de la lengua española que suscribe y edita la Real Academia Española, DRAE para abreviar.

Bueno, digo “tenemos” refiriéndome a la publicación como parte del patrimonio cultural común, pues del volumen impreso este pasado octubre aún no tengo un ejemplar material; y es que viene siendo habitual que algún familiar, con motivo de las fiestas navideñas, me obsequie con la última novedad expelida por la Academia; y uno, que es muy atento, deja siempre abierta esa posibilidad para facilitarles que cumplan con el compromiso anual (¡y lo digo por si alguno me estáis leyendo!).


Así que lo que aquí y ahora diga me viene de segunda o tercera mano, ya que, además, la entidad ha optado por no actualizar el contenido en línea del diccionario (en su web oficial) a lo literal del texto encuadernado, sin duda por motivos logísticos y ni mucho menos por incentivar la adquisición del mamotreto.

Dicen que esta vigesimotercera edición registra 93.111 vocablos, aunque advierto que el común de los hispanohablantes no empleará en toda su vida más de un 10% de ellos. Pues muchos son localismos o regionalismos, cultismos, tecnicismos, términos en desuso, e incluso un par de miles de arcaísmos que ni siquiera pertenecen al idioma español sino a una lengua muerta que hace cinco siglos que nadie habla ni escribe y que conocemos comúnmente como “castellano antiguo”.

Y, al mismo tiempo, cada uno de los aproximadamente quinientos millones de seres humanos que tenemos al español por lengua materna mantiene en su idiolecto habitual un centenar largo de expresiones que ni están en el Diccionario ni se las espera. Algunas, igualmente, localismos y tecnicismos, y otras que no han llegado a oídos de los lexicógrafos del organismo o no han superado la criba que estos manejan para decidir su inclusión.

Más claro, y aunque algunos se empeñen en lo contrario: el DRAE no es un catálogo oficial del léxico panhispano. Si bien en la ortografía tienen las academias potestad normativa (y eso creo que es bueno), ya en la gramática están un poco más al pairo de lo que el uso y los misteriosos comportamientos del lenguaje decida en la calle. Pero en el léxico nada: nada de nada. El mayor rango normativo que debiera concedérsele a esta obra sería, como mucho, el arbitraje de una partida de Scrabble.

Pese a lo cual, cada vez que sale una nueva edición en papel, aparecen colectivos que se sienten vivamente afectados por la supuesta “oficialidad” de  algunas acepciones; es decir, que consideran que las definiciones elegidas no son aceptables y que su presencia en este libraco es un acto equivalente al terrorismo de estado.

Dos mujeres gitanas esgrimiendo su definición de RAE.
Fuente: Asociación de Gitanas Feministas por la Diversidad
Es el caso de la acepción de la palabra “gitano” que la asimila a “trapacero”: «Que se sirve de engaños y artificios para defraudar a una persona en algún asunto. Que intenta engañar a alguien con astucias y mentiras», lo que ha causado comprensible indignación entre los ciudadanos de esta etnia.

Tampoco ha caído bien entre los judíos que se mantenga el término “judiada como «Acción mala, que tendenciosamente se consideraba propia de judíos», ni recuperar para “judío” el significado de “avaro, usurero”.

A estos dos colectivos, históricamente afectados por el racismo, se ha sumado en esta edición el de los “hackers”, ya que el crudo anglicismo, nuevo en esta plaza, remite directa y sucintamente a “pirata informático”, frente a lo cual los aludidos mantienen que realmente son “expertos en seguridad informática”.

No me consta, de momento, que la orden religiosa de la Compañía de Jesús haya protestado esta vez por el adjetivo “jesuítico”: «Dicho del comportamiento: Hipócrita, disimulado».

Y, al final, se ha caído de la edición impresa la definición para “gallego” como «tonto, falto de entendimiento o razón»,  que se atribuía al léxico costarricense, lo que ha llenado de satisfacción a los naturales de Galicia aunque, de momento, no hará desaparecer de un plumazo los conocidos chistes de gallegos en casi toda el área americana.

Opino que, en estos casos, la Academia debería, con mayor prudencia y sin merma de rigor científico, advertir claramente de que esas acepciones son vejatorias o empleadas como insulto (nada costaba, así se  hace en otros diccionarios y este mismo lo indica en otras entradas), pero no me parece que ocultarlas fuese la opción correcta. Pero, como sea, en nada se avanza arremetiendo contra el mensajero.

Porque la cuestión que hay detrás de estas poco diplomáticas definiciones y las subsiguientes comprensibles reacciones es si reflejan o no el habla real. Ojo: no la realidad, sino el uso e intención que un hispanohablante pueda, en un momento determinado, darle a esos términos.

Como ponía Galdós en boca de uno de sus personajes: «No ha sido más que una maniobra de ese gitano de González... ¡si conoceré yo a mi gente!...» (Galdós, Bodas reales), o citaba la condesa de Pardo-Bazán: «Te digo que es una judiada dejarlo solito». (Pardo Bazán, La prueba).

(En lo que respecta a “hacker”, tal vez la referencia sea inexacta, pero me temo que coincide con el concepto con el que mayoritariamente se emplea. Es posible que ellos mismos no hayan sabido mostrar una imagen más benévola. Si no ¿a qué viene ahora añadirse el adjetivo “ético”? Léanse, en cualquier caso, el tratamiento que al verbo “hackear” se le da en Wikipedia –en español-, aunque este aún no figure en el lexicón hispano).

Un diccionario no es una enciclopedia, su objetivo no es exponer una verdad científica y objetiva, sino dejar constancia de la subjetividad del idioma, aunque sea cruel y difamatoria.

La lengua española  tiene incontables grandezas, pero también degradantes vilezas de las que estas son solo una muestra, que hay otras muchas, aunque no todas figuran en el Diccionario. Sin salir del aspecto xenófobo, varias decenas: moromierda, franchute, gabacho, choni, guiri, tano, bachicha, godo, charnego, maqueto, polaco, gringo, mahuaqueño, payoponi, sudaca, negrata, niche, groncho, jacoibo, cachupín, meteco, pehuenche, coño…

Pues aunque el idioma per se no es xenófobo o racista, como no es sexista ni homófobo, inevitablemente hay gente xenófoba , machista y homófoba que emplean el idioma para vomitar la putridez de su nesciencia. Y, aunque sea desagradable, infinitamente peor sería obviar eso para presentar un idioma buenista y virginal.

En resumen: que no estoy yo por apoyar supresiones ni correcciones políticas; antes bien, defiendo que un buen diccionario (y no digo que este lo sea) tiene que ser testigo y notario fidedigno del léxico. De que la gente emplee mal o maliciosamente los términos no puede culparse al diccionario, es que somos así y hablamos así.


Más información:
Manuel Villaseró: Ojo, peligro de ofensa. (elperiodico.com)
Hackers: "Somos expertos en seguridad, no delincuentes" (vozpopuli.com)
Los gitanos contra la RAE (www.abc.es)

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